25 Sep El dibujo como forma esencial en la obra de Elena Aguilera, Eduardo Lastres
En el proceso de de nir el espacio exterior —es decir, el entorno vital del ser humano— el dibujo se presenta como una herramienta fundamental de expresión. A través de él, se canalizan sensaciones, impulsos y gestos que, aunque silenciosos, conforman un lenguaje visual cargado de signi cados. Este lenguaje se alimenta de verdades plásticas que encuentran su materialización sobre el papel o el lienzo, construyendo un puente entre la interioridad del artista y el mundo. La obra de Elena Aguilera se inscribe en esta tradición. Su producción artística no solo mani esta la pasión por la existencia, sino que se erige como un gesto mental y físico que interpela al espectador desde una profundidad poco común. Solo quien ha interiorizado de forma libre y sin límites la historia del arte puede elevar esos impulsos primarios a la categoría de arte verdadero. Desde esta perspectiva, Elena Aguilera congura su visión de la realidad mediante gestos que conforman espacios de múltiples dimensiones. Aunque elige con frecuencia el gran formato, su trabajo no se limita a lo monumental: en su trazo se condensa la vivencia mental que permite transmitir la conciencia de un hecho esencial: la certeza de estar viva. Vida, sueños, recuerdos y sensaciones se entrelazan a través del color y la línea, en una narrativa íntima que remite tanto a lo personal como a lo colectivo. Su proceso creativo involucra el cuerpo entero: la mano, el brazo, el gesto. Se trata de una transmisión directa, casi visceral, difícil de comprender sin considerar su estrecho vínculo con la historia del arte y con aquellos artistas que, antes que ella, exploraron el legado de la humanidad a través del dibujo como medio expresivo. ¿Quiénes somos?, parece preguntarse en su obra. En este contexto, resulta pertinente evocar la gura de Alberto Durero como paradigma del dibujante comprometido con su tiempo. Su capacidad para condensar esencias humanas a través de la línea y del símbolo ejempli ca cómo el dibujo puede registrar emociones, con ictos y visiones del mundo profundamente enraizadas en lo ancestral. Las formas en su obra no son meras representaciones; pertenecen a la esencia viva de lo sublime, y remiten a un estado de pureza fundamental para comprendernos como especie. Esa sensibilidad hacia lo esencial encuentra en Elena Aguilera una continuidad. Lo más sutil del ser se expresa en sus líneas y colores, con la intención de ahondar en los límites de la mente. En un tiempo donde buena parte del arte contemporáneo parece distanciarse de la precisión y del compromiso conceptual, su trabajo reivindica la capacidad del dibujo para vehicular pensamiento, emoción y forma con intensidad y lucidez. Históricamente, el dibujo ha asumido diversas funciones, a través del tiempo hasta el siglo XIX, desde la estructuración académica hasta la experimentación más radical. El impresionismo diluyó los contornos en favor de la percepción, mientras que los expresionistas —precedidos, por ejemplo, por Matthias Grünewald— rompieron con el canon académico para explorar la expresividad del trazo como un n en sí mismo. El cubismo, por su parte, fragmentó la realidad, otorgando a la distorsión en la representación un rol clave en la construcción formal de la imagen. En la década de 1940 y 1950, el expresionismo abstracto —tanto europeo como americano— consolidó el gesto como manifestación de una identidad histórica. Ya en el action painting, el instante contenía la totalidad del acto creativo. Este enfoque, sin embargo, implicaba riesgos: el tiempo, convertido en eje vital, podía generar una conciencia de fugacidad que exigía del artista un equilibrio entre entrega total y re exión crítica. En ese sentido, el artista debe establecer un vínculo consciente con su obra, reservando espacios para la contemplación y el análisis. La creatividad no es ininterrumpida; existen pausas, vacíos, momentos de duda. Gestionar esos tiempos es parte esencial del proceso artístico. Pocas obras alcanzan un carácter concluyente, pero aquellas que lo logran condensan el valor inherente del autor. Elena Aguilera ha encontrado, en la práctica del dibujo, y la inuencia del gesto abstracto en los países orientales, principalmente en la cultura plástica japonesa, un espacio de concentración expresiva. La mano ejecuta una estrategia formal precisa, fruto de la re exión, la técnica y el desprendimiento interior. Solo vaciándose de sí misma logra administrar esa energía expresiva que hace del dibujo un instrumento poderoso de creación. Su lenguaje gestual, de liación expresionista, conserva plena vigencia. La transmisión al espectador se produce como una fuerza contenida en el trazo, en la materia misma del dibujo, que vuelve creíble la obra y rea rma el valor del gesto como forma contemporánea de creación. En un presente saturado de imágenes y discursos, Elena Aguilera restituye al dibujo su dignidad como medio primario, inmediato y profundo. A través de él, su voz uye: la del brazo, la mano y la mente que narran, desde lo real o lo cticio, lo bello y lo extraño de nuestro mundo.
Eduardo Lastres